¿De qué se cansa el pueblo? El viaje de América Latina desde las utopías al voto de castigo

El «patio trasero» y la sombra del intervencionismo
Es difícil calibrar lo que ocurre en Suramérica viviendo en Europa, lejos de las particularidades de países que han transitado en poco tiempo de administraciones progresistas a ejecutivos de ultraderecha. Bajo la renovada vigencia de la máxima imperialista «América para los americanos», gran parte del subcontinente sigue padeciendo la condición de «patio de atrás» de los Estados Unidos. Salvo excepciones en Centroamérica y el Caribe como Nicaragua o Cuba —a las que el trumpismo hostiga bajo pretextos como el narcotráfico con el fin de desmantelar sus modelos—, la presión foránea busca neutralizar cualquier disidencia soberana. El cerco contra Nicolás Maduro en Venezuela encaja en esa misma lógica de apropiación de recursos estratégicos, consumada con el respaldo de sectores internos y a costa del sacrificio de militantes sobre el terreno.
La era del Che: latifundio, Guerra Fría y foquismo armado
La América Latina que recorrió y en la que actuó Ernesto «Che» Guevara —aproximadamente entre 1950 y su muerte en Bolivia en 1967— fue un continente convulso, marcado a fuego por la Guerra Fría, profundas fracturas sociales y la irrupción de movimientos revolucionarios. Aquella realidad distaba de la actual: regía un esquema semifeudal con economías supeditadas a la exportación de materias primas (el azúcar cubano, el estaño boliviano, el cobre chileno o el café y la fruta centroamericanos). Los inmensos latifundios estaban concentrados en manos de oligarquías locales y corporaciones extranjeras como la célebre United Fruit Company. Sin acceso a sanidad básica, educación ni derechos laborales, las masas campesinas e indígenas conformaron el caldo de cultivo del estallido social.
El punto de inflexión aconteció en Guatemala (1954). El presidente reformista Jacobo Árbenz impulsó una reforma agraria para distribuir tierras ociosas a los campesinos, desatando la intervención directa de la CIA mediante la operación PBSuccess. Aquel golpe en defensa de los intereses corporativos estadounidenses convenció al Che Guevara y a toda una generación de que la vía electoral estaba clausurada por la injerencia de Washington. El triunfo de los guerrilleros barbudos contra Fulgencio Batista en Cuba (1959) demostró la posibilidad de quebrar ese tablero. Inspiró focos insurgentes en Colombia, Venezuela o Perú bajo la tesis guevarista del foquismo: la premisa de que un pequeño destacamento armado rural podía detonar las condiciones objetivas de una insurrección continental. Washington respondió forjando la Doctrina de la Seguridad Nacional y entrenando a los ejércitos latinoamericanos en la Escuela de las Américas para asestar golpes preventivos (como en Brasil en 1964). En octubre de 1967, el intento de Guevara de asentar un foco continental en Ñancahuazú culminó trágicamente con su aislamiento y ejecución en La Higuera.
Allende, el ensayo roto y la maquinaria del terror
El inicio de los años 70 rompió el dogma guevarista de que la única vía revolucionaria era la armada. Con el triunfo de Salvador Allende al frente de la Unidad Popular en 1970, Chile demostró que un proyecto marxista-democrático podía prevalecer en las urnas. La «vía chilena al socialismo» nacionalizó recursos clave como el cobre y redistribuyó la riqueza respetando el marco constitucional, sumando apoyos de intelectuales destacados como el poeta Pablo Neruda, a quien Allende nombró embajador en Francia. Sin embargo, en 1973, Augusto Pinochet —con el respaldo explícito de Washington— destruyó a sangre y fuego esa vía pacífica, instaurando el terror de Estado. Este desenlace reafirmó la tesis de que el sistema capitalista e imperialista difícilmente cede el poder sin resistencia armada.
El Cono Sur quedó subsumido bajo dictaduras coordinadas: Brasil (1964), Uruguay (1973) y Argentina (1976). Mediante el Plan Cóndor, las juntas militares orquestaron una red interestatal clandestina para perseguir, secuestrar y aniquilar dirigentes y militantes de izquierda. La CIA y Henry Kissinger conocían al detalle estas violaciones sistemáticas. Con el sur sofocado, el eje revolucionario se desplazó a Centroamérica en los años 80, aunque sin plantear un horizonte marxista-leninista homogéneo. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) —respaldada por cuadros comunistas históricos del PGT— libraron largas guerras de guerrillas, enfrentando la contraofensiva de la administración Reagan mediante la financiación de la Contra y el recrudecimiento del conflicto regional.
Del desguace neoliberal al ciclo de la Marea Rosa
Tras la caída del Muro de Berlín y el repliegue de la Unión Soviética, la década de 1990 impuso las recetas de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial: privatizaciones indiscriminadas, repliegue del gasto público, desmantelamiento arancelario y desprotección del campo. La precariedad laboral resultante deslegitimó por completo a los partidos tradicionales.
A finales del siglo XX y principios del XXI se inauguró una etapa inédita que, si bien distaba de la revolución comunista concebida por Vladímir Lenin: «Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario», alteró el equilibrio regional. En 1998, Hugo Chávez ganó la presidencia de Venezuela con un proyecto bolivariano volcado en la soberanía petrolera (PDVSA) y la refundación constitucional. Su ascenso abrió el camino electoral a una oleada progresista:
Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil, 2002): Representó el ala pragmática y sindical, sacando a decenas de millones de la pobreza extrema sin confrontar radicalmente con el sistema financiero ni el sector agroexportador.
Néstor Kirchner y Cristina Fernández (Argentina, 2003/2007): Reconstruyeron la economía tras el colapso de 2001 sobre los ejes del desendeudamiento, la reindustrialización y los juicios por crímenes de lesa humanidad.
Evo Morales (Bolivia, 2005): Refundó el país como Estado Plurinacional, nacionalizó hidrocarburos e incorporó plenamente a las mayorías indígenas al poder.
Rafael Correa (Ecuador, 2006): Impulsó la «Revolución Ciudadana», auditó la deuda externa y modernizó la infraestructura estatal.
Tabaré Vázquez y José Mujica (Uruguay): Afianzaron el modelo de concertación y ampliación de derechos civiles del Frente Amplio.
Aunque distaban del partido de vanguardia que postulaba Lenin: «¡Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia en sus cimientos!», estas experiencias compartieron con la era de Allende la defensa de los recursos estratégicos y la búsqueda de integración soberana frente a la tutela estadounidense.
El viraje de Brasil y las raíces del voto de choque
El auge y retroceso en Brasil ilustra las tensiones del reformismo:
Auge y pacto del PT: Lula capitalizó el fracaso neoliberal mediante pactos con el empresariado y el sostén del ciclo alcista de las materias primas. Con programas como Bolsa Família, redujo la miseria sin vulnerar las finanzas dominantes.
Agotamiento y judicialización: El frenazo de los precios internacionales hacia 2014 resquebrajó el modelo, desatando la ofensiva judicial del caso Lava Jato.
El ascenso bolsonarista: La detención de Lula en 2018 a manos del juez Sergio Moro pavimentó la victoria de Jair Bolsonaro, anclada en el punitivismo penal, la antipolítica, la nostalgia dictatorial y el respaldo de las cúpulas evangélicas y el agronegocio.
Retorno del PT y hegemonía legislativa: En 2022, Lula regresó al frente de un amplio abanico que incorporó a la centroderecha (el vicepresidente Geraldo Alckmin) y a fuerzas como el PT, PSB, PCdoB, PV, PDT, PSOL y Rede. Pese a las inhabilitaciones de Jair Bolsonaro, la derecha dura mantuvo su arraigo territorial e institucional, proyectando dinásticamente a figuras como Flávio Bolsonaro.
La adhesión de sectores desfavorecidos y de capas precarizadas a la extrema derecha no responde a una afinidad de clase, sino al colapso de las identidades tradicionales. La pérdida del empleo industrial y la expansión del trabajo informal en plataformas convirtieron al trabajador en un supuesto «emprendedor de sí mismo», que percibe las regulaciones e impuestos no como derechos colectivos, sino como trabas para subsistir. En los suburbios desatendidos, las iglesias neopentecostales llenaron el vacío ofreciendo asistencia comunitaria y la teología de la prosperidad. Paralelamente, la violencia cotidiana empuja a las poblaciones vulnerables a demandar respuestas inmediatas de orden frente a discursos garantistas que sienten ajenos.
Ofensiva cultural y la franquicia de la «Donroe Doctrine»
En el plano cultural, las nuevas derechas han explotado el resentimiento contra las élites intelectuales canalizando el descontento hacia pánicos morales, auxiliadas por la viralidad algorítmica en redes sociales. En el terreno internacional, líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Javier Milei operan como una red coordinada de asesoría y legitimación mutua. Bajo la reinterpretación trumpista de la Doctrina Monroe (la denominada «Donroe Doctrine»), Washington no ha dudado en respaldar alineamientos conservadores y amenazar con retirar ayudas a gobiernos díscolos, mientras redes de capital afines nutren las campañas locales.
El avance de figuras autoritarias y del «modelo Bukele» en Centroamérica capitaliza el desencanto con promesas materiales truncadas por la inflación, el crimen y la deuda. La extrema derecha capta el voto de castigo canalizando la ira colectiva mediante recetas autoritarias de contornos simples.
El dilema del poder: reformas materiales o administración del sistema
Persiste un debate central: ¿da igual quién gobierne si la estructura capitalista permanece intacta?
Es innegable que ni Lula ni Bolsonaro han alterado los pilares de la dominación real en Brasil: el complejo agroexportador, el oligopolio bancario y los conglomerados de medios conservan su influencia. El tercer mandato de Lula opera bajo estrictos marcos fiscales que limitan las transformaciones profundas para pagar intereses a los grandes tenedores de deuda pública, sin desactivar la precariedad estructural.
Sin embargo, reducir ambas opciones a una equivalencia exacta pasa por alto el impacto material directo en la clase trabajadora:
El proyecto desregulador: Propuestas como las de Flávio Bolsonaro implican desvincular los aumentos de las jubilaciones y del Beneficio de Prestación Continuada (BPC) del salario mínimo (dejándolos a merced de la inflación), aplicar tijeretazos a ministerios de desarrollo social y desmantelar las salvaguardas ambientales en favor de la minería y el agronegocio.
El balance distributivo: Entre 2022 y 2025, el gobierno del PT redujo el desempleo del 9% al 5,4%, apartó a Brasil del Mapa del Hambre de la FAO y rebajó sensiblemente la inseguridad alimentaria.
La matriz estructural capitalista no se quebró, pero para el jubilado, el asalariado de renta mínima o las familias dependientes de los programas asistenciales, la diferencia entre una administración y otra radica en garantizar o perder el plato de comida. La arquitectura del sistema no se derrumbó, pero las condiciones inmediatas de vida de los sectores vulnerables cambian de manera sustancial.
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