Un Lula a la defensiva contra las fuerzas del trumpismo

Un filósofo, una científica social, un periodista y una activista ofrecen sus miradas sobre las próximas elecciones brasileñas
Rodrigo Nunes /Camila Rocha/ Piero Locatelli / Stephanie Weatherbee (North South Notes) 2/10/2026
[Originally published by North South Notes –version in English here]
El domingo 4 de octubre, los brasileños votarán para elegir presidente, miembros del Congreso, gobernadores, vicegobernadores y asambleas legislativas. Tres semanas después, es muy probable que vuelvan a las urnas en una segunda vuelta para elegir entre Luiz Inácio Lula da Silva o a Flávio Bolsonaro. Brasil es el país más grande de América Latina y le toca renovar sus instituciones en un momento de caos mundial, de “giro a la derecha” en toda la región y de descarada intervención extranjera procedente del Norte.
La contienda no ha despertado gran atención debido a las diversas crisis que afectan al resto del mundo, y ni siquiera en Brasil el ambiente es comparable al de 2022 o 2018. Sin embargo, estas elecciones tienen gran trascendencia.
Para explicar su importancia, recurrimos a un filósofo, una científica social, un periodista y una activista. Son cuatro de las voces más elocuentes del país.
Crisis sin resolver / Rodrigo Nunes
En la primera vuelta se decidirá mucho. La derecha se perfila para ganar estados clave, y el Congreso brasileño –considerado ya el “más derechista de la historia”– podría ser reemplazado por uno aún más conservador. En ese caso, la presidencia sería el último bastión en manos de Lula y el Partido de los Trabajadores (PT). Aunque el actual presidente ha liderado la mayoría de las encuestas, el simple hecho de que una figura de su talla histórica corra el riesgo de perder frente a alguien con tan pocas credenciales como Flávio Bolsonaro da cuenta de la difícil situación que atraviesa la izquierda.
El tercer mandato presidencial de Lula no ha tenido el brillo que caracterizó a sus gobiernos entre 2003 y 2010
El contexto actual refleja algunas de las deficiencias del tercer mandato presidencial de Lula, que no ha tenido el brillo que caracterizó a sus gobiernos entre 2003 y 2010. A diferencia de aquellos –que lograron sacar a unos 20 millones de personas de la pobreza y ampliaron drásticamente el acceso a la educación superior–, su regreso a Brasilia en 2023 no ha traído consigo grandes logros de los que presumir ni una narrativa coherente sobre su propia gestión. Su logro más destacado –una reforma que hizo el sistema fiscal más justo para los sectores más vulnerables– difícilmente despierta pasiones; además, la mejora de las condiciones económicas no se ha traducido en un cambio tangible para muchas personas que siguen lidiando con el subempleo, el endeudamiento privado y una epidemia de apuestas en línea. (El mes pasado, Lula promulgó una ley que prohibía los sitios web de apuestas en Brasil, una medida popular que la oposición criticó por considerarla motivada por intereses electorales).
Sin embargo, es evidente que las debilidades de este gobierno no bastan para explicar el atractivo persistente del bolsonarismo. En mi trabajo, sostengo que el bolsonarismo se comprende mejor como la convergencia de tendencias que ya estaban muy extendidas entre las distintas clases sociales de Brasil: el deseo de militarizar el conflicto social, el conservadurismo social, el espíritu empresarial neoliberal, el anticomunismo y una preocupación –en cierto modo selectiva– por la corrupción, entre otros factores. Aunque estas corrientes venían convergiendo desde la campaña de 2015 para destituir a la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, fue la candidatura presidencial de Jair Bolsonaro en 2018 la que dotó a estas tendencias de un liderazgo político y una identidad común. Como resultado, el expresidente sigue siendo el principal gestor de este capital político; sin embargo, el bolsonarismo bien podría sobrevivir sin él.
Una forma de entender la alianza de clases que se ha consolidado en torno a este proyecto es concebirla como el encuentro entre quienes han renunciado a esperar que se cumplan las promesas de modernización y aquellos que han dejado de fingir que las promesas que hicieron eran reales. Por un lado, están los que hacen malabarismos con varios empleos, trabajan en la economía sumergida o en la economía de plataformas, y lidian con la recesión económica posterior a 2015, los servicios públicos saturados y unas instituciones que no rinden cuentas. A este grupo, el bolsonarismo le ofrece –si no ventajas materiales claras– la promesa de que, si no pueden contar con el Estado, este al menos dejará de interferir en sus vidas y les permitirá gestionar sus propios riesgos como mejor les parezca. El bolsonarismo también ofrece el ejercicio sin trabas del poco poder que poseen, por pequeño que sea el ámbito en el que se manifieste, aunque sea simplemente contando chistes sobre minorías.
A las élites brasileñas, en cambio –y particularmente a las del agronegocio y las industrias extractivas–, Bolsonaro les ofrece lo mismo, pero a gran escala: un capitalismo depredador libre de todo control. Entre ambos grupos se sitúa una clase media resentida por la pérdida de algunos de sus distintivos sociales frente a los sectores pobres en ascenso; de este entorno surgen algunos de los bolsonaristas más fervientes y muchos de los emprendedores políticos que han hecho carrera agitando las banderas de la extrema derecha.
Queda por ver cómo decidirá Lula –si ganara la probable segunda vuelta electoral a finales de octubre– afrontar su último mandato: evitando el conflicto, como hizo en esta ocasión, corriendo así el riesgo de presenciar un triunfo absoluto de la extrema derecha en 2030; o arriesgándose a hacer lo necesario no solo para impedir que siga avanzando, sino para hacerla retroceder.
Peligro y polvo / Camila Rocha
Brasil sigue siendo una de las mayores democracias del mundo. Pero eso podría cambiar si Flávio Bolsonaro resulta elegido. Para entender lo que está en juego, debemos comprender qué representa la familia Bolsonaro.
Flávio es el mayor de los cuatro hijos de Jair Bolsonaro. Jair, ex capitán del ejército, fue durante décadas un congresista de extrema derecha sin mayor relevancia, hasta que fue elegido en 2018 en medio de una crisis de confianza en el sistema político brasileño. Durante su presidencia, miles de personas murieron a causa de la COVID-19 como consecuencia directa de la gestión de su gobierno, y la Amazonia perdió decenas de millones de árboles.
Tras perder las elecciones de 2022 frente a Lula, partidarios de Bolsonaro en las fuerzas armadas intentaron asesinar a Lula, a su vicepresidente, Geraldo Alckmin, y al magistrado del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes. Bolsonaro y sus aliados intentaron organizar un golpe de Estado. Dieron apoyo a la multitud que atacó la sede de la democracia brasileña el 8 de enero de 2023, con el objetivo de crear las condiciones para una intervención militar.
En 2025, Jair Bolsonaro fue encarcelado junto con los oficiales golpistas y actualmente cumple arresto domiciliario. Aunque su condena ha servido para mermar su atractivo político, más de un tercio de los brasileños considera que no hubo intento de golpe, y sus seguidores creen que es víctima de persecución política.
Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, promete emular las políticas económicas de Javier Milei y el modelo de seguridad de Nayib Bukele. Se sometería totalmente a Donald Trump y buscaría liberar a su padre de prisión.
Sin embargo, las propuestas concretas no son el eje central de su campaña; muchos de sus seguidores se sienten representados por la defensa general del legado de su padre, la preocupación por los “valores familiares” y un discurso populista basado en “ley y orden”. Durante su mandato, Jair Bolsonaro no logró hacer el país más seguro, pero sus partidarios creen que Flávio lo intentará –si gana, podría impulsar que las bandas brasileñas fueran clasificadas como organizaciones terroristas internacionales y aumentar la población carcelaria–. La cobertura mediática reciente se ha centrado en su vinculación con el fallido Banco Master, entidad que perpetró uno de los mayores fraudes en la historia de Brasil. Este escándalo de corrupción tiene un impacto institucional singular: al menos cinco de los once miembros del Tribunal Supremo están relacionados con el asunto de alguna manera. El Tribunal podría verse debilitado, si no diezmado, a medida que avance el caso.
Lo que más inquieta a los votantes indecisos es el historial de vínculos de Flávio con grupos del crimen organizado brasileño
La conexión de Flávio con el caso –la financiación de una película sobre Jair Bolsonaro– no ha perjudicado su posición en las encuestas. Parece que la contienda podría inclinarse hacia cualquiera de los dos lados. Será una batalla para determinar quién resulta menos impopular: alrededor del 47 % del electorado desaprueba a Lula, y otro 47 % desaprueba a Flávio.
Sin embargo, lo que más inquieta a los votantes indecisos es el historial de vínculos de Flávio con grupos del crimen organizado brasileño –integrados por policías y expolicías– conocidos como “milicias”. Estas milicias controlan servicios esenciales en las favelas y en las zonas pobres de Río, y operan como un Estado paralelo que extorsiona a la ciudadanía y amenaza de muerte a los residentes. Según el periódico conservador más importante de Brasil, una victoria de Bolsonaro podría llevar a los milicianos a lo más alto de la República. Y, me apresuro a añadir, por mucho tiempo.
Dada la crisis en la Corte Suprema, Flávio podría nombrar a la mayoría de sus miembros, liberar a su padre y mantener a su familia en el poder durante años. Lula no podrá volver a postularse después de 2026 y su partido atraviesa un declive; actualmente, pocos líderes parecen capaces de enfrentarse a un presidente Flávio respaldado por la Corte Suprema.
Aunque Donald Trump esté perdiendo apoyo en Estados Unidos, la elección de Flávio supondría, en la práctica, el dominio total de Trump sobre Sudamérica; asimismo, reduciría a cenizas la soberanía de Brasil. Al mismo tiempo, los brasileños pasarían a estar representados dentro de una nueva constelación de líderes mundiales de extrema derecha. La internacional reaccionaria no solo ganaría un miembro más, sino a toda una familia.
La hegemonía en su etapa final / Piero Locatelli
Desde 1989, cuando se restableció la democracia en Brasil, la idea de que la política electoral estaba sujeta a influencias extranjeras ha sido objeto de burla y relegada a los márgenes del “debate público”. El concepto se consideraba una especie de fósil heredado de la Guerra Fría, la típica cosa con la que se entretenían los viejos leninistas y los paranoicos. Recurrir al imperialismo como categoría de análisis equivalía a abandonar la interpretación seria y adentrarse en el mundo de las conspiraciones.
Pero eso ha cambiado este año. El concepto de injerencia extranjera se ha generalizado. Incluso quienes aspiran a ser figuras respetables del centroizquierda –nuestras versiones locales de Ezra Klein– y los académicos obsesionados con la eficiencia de las instituciones hablan abiertamente del apoyo ofrecido por Estados Unidos a Flávio Bolsonaro. Los analistas que pasaron por alto la influencia (real) estadounidense en otros episodios recientes de la historia brasileña ahora perciben de manera clara lo que está sucediendo.
Los analistas que pasaron por alto la influencia de EE.UU. en otros episodios de la historia brasileña ahora perciben de manera clara lo que está sucediendo
Por supuesto, este cambio de postura no se produce porque todos hayan leído Imperialismo: la fase superior del capitalismo. Entonces, ¿qué ha pasado?
Por un lado, resulta mucho más difícil ignorar estas dinámicas con Donald Trump. Su falta de sutileza da alas a estas maquinaciones: algunos empresarios brasileños han admitido que forman parte de redes estadounidenses que colaboran con campañas brasileñas; empresas vinculadas a Donald Trump Jr. invierten en la extracción de minerales de tierras raras aquí; y funcionarios republicanos realizan anuncios publicitarios pagados promocionando las posibilidades de Flávio en Polymarket.
Y luego están las políticas reales de Trump. Brasil ha sido objeto de una serie de medidas, como la imposición de aranceles, las sanciones de la Ley Magnitsky y la revocación de los visados de los magistrados del Tribunal Supremo. Toda ellas contaron con el apoyo de Eduardo Bolsonaro, el hermano menor de Flávio, que ahora vive en Texas.
En realidad, se trata de algo más que un cambio de percepción. Más allá del teatrillo trumpista, hay factores exógenos y endógenos que explican el aumento de la injerencia extranjera.
La internacionalización de la campaña bolsonarista puede verse como una respuesta a la fragilidad de sus alianzas internas. A diferencia de lo que ocurrió con su padre, Flávio no ha recibido el apoyo total del sector agroindustrial nacional, del capital financiero ni de los bloques políticos indecisos del país. Y, sin esa coalición, la alianza con Trump ha cobrado más importancia que nunca; Flávio ha recurrido también a Benjamin Netanyahu y a Javier Milei en busca de más apoyo.
Hay otras razones que hacen que Estados Unidos tenga ahora más interés en Brasil. En primer lugar, los triunfos de los aliados de Trump en el hemisferio Norte –el más reciente, el de Abelardo de la Espriella en Colombia– han hecho de Brasil una especie de gran isla de izquierdas en un continente de derechas. Las sucesivas victorias de las derechas en otros países de Sudamérica han cristalizado en el ‘Escudo de las Américas’, que, en teoría, busca combatir el crimen organizado y, en la práctica, sirve para acorralar a Lula.
El declive del poder estadounidense y el auge de China como potencia competidora también han dado lugar a una Doctrina Monroe más caótica e impredecible, en torno a la cual se juegan muchos intereses contrapuestos –desde el sector aeronáutico hasta la soja y los minerales valiosos–. La República Popular China es ahora el principal socio comercial de Brasil.
El país ha vuelto a despertar, por así decirlo, a la realidad de la intervención estadounidense. Pero no hay una reacción interna que se corresponda con la gravedad de la amenaza. El contraste con 2022, cuando los brasileños derrocaron a Bolsonaro, es más que evidente. En aquel entonces, la idea de que la democracia estaba en peligro dio lugar a una alianza inusualmente amplia en la sociedad brasileña. Ahora, la gente habla de “soberanía nacional”, sin plantearse las herramientas que hacen falta para defenderla.
Movilización y organización / Stephanie Weatherbee Brito
Durante décadas, el Partido dos Trabalhadores (PT) se ha apoyado en la movilización social para ganar las elecciones. En este hemisferio, quizá no haya ningún partido político con raíces más profundas en el poder organizado de la clase trabajadora.
Ahora, sin embargo, tanto los aliados históricos del partido como los movimientos progresistas más jóvenes están desmoralizados ante el ascenso de la derecha, y muchos en la izquierda se sienten decepcionados con el tercer mandato de Lula.
No es que nadie en estos grupos cuestione que Lula sea la única opción para el país este año. Pero en un encuentro reciente, un veterano organizador se quejaba de que cada vez era más difícil movilizar voluntarios para las elecciones: “Ya nadie hace campaña, a no ser que se les pague por ello”.
La maquinaria electoral del PT se enfrenta a una derecha que cuenta con poder tanto en la calle como en el Congreso
Los movimientos populares de Brasil se dividen hoy en dos grandes bloques. El primero es el bloque de organizaciones bien estructuradas que surgieron junto al PT en la década de 1980, compuesto por sindicatos como la Central Única dos Trabalhadores (CUT) y movimientos sociales como el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST), que aboga por una reforma agraria radical. Los integrantes de este bloque siguen acudiendo a las manifestaciones, pero su capacidad para movilizar al público en general es menor que la que tenían en el siglo pasado.
Por otro lado, existe una red más difusa de grupos progresistas centrados en una sola causa: los movimientos negros, de mujeres, LGBTQ e indígenas y –desde 2023– la oposición al genocidio de los palestinos. En términos muy generales, estos grupos tienden a apoyar más al Partido Socialismo e Liberdade (PSOL) que a tener una afiliación estrecha con el PT. A diferencia del primer bando, critican abiertamente al Partido de los Trabajadores y la línea conciliadora y moderada adoptada por el Gobierno desde 2023.
El PT ha justificado esta posición defensiva diciendo que era necesaria para salvar la democracia del fascismo, y es cierto que nos encontramos en una batalla existencial contra la extrema derecha. Pero, en mi trabajo con organizaciones de base, partidos de izquierda y grupos antiimperialistas, he podido comprobar que algunos elementos de este gobierno han contribuido a frenar el entusiasmo vital de las masas: la austeridad en la economía, la moderación de la política de desarrollo y la timidez en la política exterior. A diferencia del Lula de los años 80, 90 y 2002, que se presentó a las elecciones como un hombre que buscaba transformar Brasil, este Lula se presenta como el candidato que defenderá las instituciones del país.
Hasta 2013, la izquierda brasileña nunca tuvo que enfrentarse a una derecha capaz de movilizarse en las calles. Pero ese año, las protestas por un transporte asequible se volvieron contra el PT y la izquierda en general. Hoy en día, las manifestaciones de extrema derecha han demostrado ser capaces de atraer a grandes multitudes, mientras que la izquierda sigue desmoralizada por el impacto, más de una década después. Cada movilización bolsonarista es recibida con horror y supone un nuevo episodio de reflexión sobre su propia pérdida de capacidad organizativa.
Esto no significa que la izquierda haya dejado de movilizarse. En 2024, algunas fuerzas progresistas y movimientos sociales forjaron un nuevo ciclo de protestas, asambleas y organización en torno a una reivindicación que volvió a poner a la izquierda a la ofensiva: acabar con la ley “6×1”, que permitía a los empresarios que los trabajadores solo libraran un día a la semana. Sin embargo, el PT y su gobierno tardaron en sumarse a una causa popular que expresaba conciencia de clase y profundizaba en la politización.
Lo que está en juego en estos comicios va más allá de la propia carrera presidencial. Sin un poder popular organizado, la maquinaria electoral del PT se enfrenta a una derecha que cuenta con poder tanto en la calle como en el Congreso. Una victoria, aunque fuera por un estrecho margen, lo que parece bastante plausible en este momento, dejaría a Lula acorralado: maniatado por el Congreso, enfrentado a una derecha belicosa y sin el respaldo de una base de masas comprometida.
Autor >
Rodrigo Nunes /Camila Rocha/ Piero Locatelli / Stephanie Weatherbee (North South Notes)
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