68-7. ¿Porque esa masiva llegada de migrantes procedentes de Marruecos?

LA UNIÓN DEL PUEBLO
EDICIÓN DIGITAL — NÚMERO 68

¿Porque esa masiva llegada de migrantes procedentes de Marruecos?

Por José Avilés
¿Porque esa masiva llegada de migrantes procedentes de Marruecos?

Marruecos, la paradoja de una economía que crece sin suficiente empleo.

Para comprender la presión migratoria procedente de Marruecos (y no solamente la avalancha de inmigrantes ilegales en julio) conviene abandonar la explicación más sencilla: la de que los jóvenes emigran porque Marruecos es un país pobre. Marruecos está creciendo, se está industrializando y se está integrando cada vez más en las cadenas productivas internacionales. En 2025 su economía creció alrededor de un 4,9% (mucho más que las economías europeas) con un peso creciente de sectores como la industria del automóvil y sus componentes, la aeronáutica, los fosfatos y fertilizantes, la construcción, el turismo, la logística y las energías renovables.

Sin embargo, el crecimiento económico no se está traduciéndose en una creación de empleo suficiente. El propio Banco Mundial señala que entre 2000 y 2024 la población en edad de trabajar creció casi dos veces y media más deprisa que el empleo. En 2025 el desempleo juvenil se situó en torno al 37%, mientras aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes ni trabajaba, ni estudiaba, ni recibía formación. Ese fenómeno también se aprecia en otros países subsaharianos, aunque con intensidad diferente, y con la particularidad de que Marruecos es un país de paso, y tal vez de destino de países subsaharianos, de menores niveles de renta. Países tales como Mauritania — importante también como país de tránsito hacia Marruecos-; como Senegal — país de origen de emigrantes y también relacionado con las rutas atlánticas-; Costa de Marfil; Ghana; Mali; Guinea; Gambia; Mali, Níger, Burkina Faso y, en algunos itinerarios, Nigeria, están atrapados en procesos similares y a la vez particulares.

Marruecos y Argelia soportan una presión migratoria procedente del África subsahariana que no debe confundirse con su propia emigración. Ambos países son simultáneamente países de tránsito, destino y salida hacia Europa. Marruecos ocupa una posición particularmente sensible porque constituye el último gran espacio de tránsito antes de las fronteras españolas. Es decir. con Ceuta y Melilla, que están en África.

La presión migratoria subsahariana tampoco ha producido una relación idílica en los países del Magreb. Tanto Marruecos como Argelia han registrado episodios de discriminación, discursos xenófobos y, en algunos casos, violencia contra los migrantes negros procedentes del África subsahariana. La experiencia demuestra así que las tensiones migratorias no son exclusivamente un fenómeno europeo: también aparecen entre países africanos cuando existen fuertes diferencias económicas, sociales y de oportunidades.

Marruecos no solamente es un país de emigración hacia Europa. Se ha convertido también en país de tránsito y destino de una importante migración procedente del África subsahariana. El censo marroquí de 2024 contabilizó 148.152 refugiados y migrantes, aunque esta cifra no recoge necesariamente a todas las personas que atraviesan Marruecos de forma irregular. Argelia soporta una presión similar, favorecida por su extensa frontera con Mali y Níger, aunque en este caso las estadísticas sobre la población subsahariana residente son todavía más incompletas.

En cualquier caso, si no centramos en la estructura económica de Marruecos hay que decir que entre 2019 y 2025 Marruecos perdió unos 809.000 empleos agrícolas. Pero este dato no debe interpretarse simplemente como un retroceso de su agricultura. El propio FMI señala que, además del efecto de las sucesivas sequías, la modernización y las mejoras de productividad están reduciendo la demanda de mano de obra agrícola. Es un proceso conocido en todas las economías que han completado su transformación agraria: España pasó de tener el 65% de su población activa ocupada en el campo a principios del siglo XX a emplear hoy sólo un 4%, sin dejar por ello de ser una importante potencia agroalimentaria y exportadora. Países como Francia y, de manera especialmente llamativa, los Países Bajos muestran hasta dónde puede llegar esa transformación: una proporción muy reducida de trabajadores agrícolas (por debajo del 1%) puede sostener una producción y unas exportaciones agrícolas extraordinariamente elevadas. El problema marroquí no es, por tanto, que la modernización agrícola destruya riqueza. Es precisamente, al contrario: puede aumentar la producción por trabajador. El problema social aparece cuando los trabajadores que deja de necesitar la agricultura no encuentran con suficiente rapidez otros sectores capaces de absorberlos. Entre 2019 y 2025, los 809.000 empleos agrícolas perdidos fueron compensados sólo parcialmente por los 90.000 empleos creados en la industria, 170.000 en la construcción y 523.000 en los servicios; el empleo total terminó disminuyendo en unos 26.000 puestos de trabajo.

En Marruecos y otros países similares aparece una diferencia fundamental respecto de la industrialización de Europa occidental durante buena parte del siglo XX. Los países que hoy consideramos desarrollados —Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia o Japón— realizaron su gran transformación industrial en un momento histórico en el que las nuevas tecnologías, aunque aumentaban extraordinariamente la productividad, todavía necesitaban grandes cantidades de trabajadores y los servicios aumentaban a medida que la tecnificación expulsaba a mano de obra de la industria. En un primer momento, la industria podía absorber millones de personas procedentes de la agricultura y, al mismo tiempo, crear una nueva clase obrera industrial. El aumento de productividad podía traducirse en salarios crecientes -si las ponemos en relación precio de las mercancías- y expansión del consumo de masas. El trabajador que a comienzos del siglo XX difícilmente podía aspirar a poseer un automóvil pudo, algunas décadas después, acceder a él, al televisor, al frigorífico, a la lavadora y a otros bienes que anteriormente estaban reservados a las clases acomodadas.

Desde una perspectiva marxista, puede describirse este proceso vivido en el siglo XX como un enorme aumento de la productividad y de la plusvalía relativa, pero acompañado de una elevación sustancial del nivel material de vida de amplias capas de la clase obrera. La producción de masas necesitaba, además, consumidores de masas. Salarios crecientes, negociación colectiva, empleo público, Estado del bienestar y posteriormente la expansión del crédito al consumo contribuyeron a sostener ese círculo de producción y consumo. Circunstancia que en Marruecos y países del Magreb no se da.

Los países que hoy están intentando salir del atraso no encuentran necesariamente ese mismo camino abierto ante ellos. Marruecos puede adquirir actualmente maquinaria y tecnología que hace medio siglo sólo estaban al alcance de las economías más avanzadas. Una fábrica instalada hoy en Marruecos puede producir mucho más con muchos menos trabajadores que una fábrica europea de los años cincuenta del siglo pasado, pero tiene más dificultades para absorber una parte del “ejército de reserva”, que diría Marx. Y la revolución de la inteligencia artificial introduce una transformación todavía mayor: el conocimiento científico y técnico se convierte cada vez más directamente en un factor de producción capaz de sustituir determinadas cantidades de trabajo humano, además de aumentar extraordinariamente la productividad en sectores industriales y agrícolas. Y ganaderas. Eso No significa que la IA vaya a eliminar de inmediato el empleo en Marruecos —sería una afirmación que los datos actuales no permiten sostener—, pero sí significa que Marruecos se está industrializando dentro de una economía mundial cuyo nivel tecnológico ya no es el de la época en que Europa realizó su industrialización.

Esto introduce una dificultad adicional. Los bajos salarios marroquíes pueden seguir haciendo rentable trasladar determinadas actividades desde Europa y utilizar maquinaria que en los países ricos ya ha quedado relativamente obsoleta. La existencia de un mercado internacional de maquinaria de segunda mano permite precisamente que una tecnología que ya no resulta competitiva en Alemania o Francia pueda seguir siendo rentable en Marruecos porque allí sustituye trabajo cuyo coste es considerablemente menor. Esta circunstancia puede retrasar la sustitución de trabajadores por tecnologías más avanzadas y, por tanto, actuar como contrapeso a la tendencia automatizadora. Pero tampoco constituye una solución definitiva: conforme aumenten la productividad y los salarios, volverá a plantearse la necesidad de producir más con menos trabajo.

La agricultura ofrece un ejemplo semejante. La reducción del empleo agrícola no implica necesariamente una agricultura completamente robotizada. Puede producirse mediante mecanización parcial, concentración de explotaciones, cambios en los cultivos, utilización de maquinaria nueva o usada y aumento de la productividad por trabajador. El resultado puede ser que una parte de la población rural quede liberada de la agricultura sin que exista todavía una actividad industrial o de servicios capaz de absorberla plenamente. La transformación económica puede ser, por tanto, simultáneamente una fuente de riqueza y una fuente de desplazamiento de mano de obra.

Otro factor que contribuye a transformar las estructuras sociales de muchos países africanos es la creciente concentración del control de grandes superficies agrícolas por empresas y grupos inversores, nacionales y multinacionales. No se trata necesariamente de comprar la tierra: en numerosos países el Estado conserva su propiedad y la cede mediante concesiones o contratos de arrendamiento de varias décadas. En Marruecos, por ejemplo, los extranjeros no pueden adquirir directamente tierras agrícolas en determinadas condiciones, pero pueden acceder a ellas mediante arrendamientos que pueden alcanzar los 99 años; aunque cambió su legislación en julio de 2021 mediante la promulgación de la Ley n.º 62-19, abriendo una vía histórica para que el capital extranjero pueda adquirir tierras agrícolas

En el África subsahariana el fenómeno está ampliamente documentado en países como Etiopía, Ghana, Mozambique, Tanzania, Mali, Madagascar y Sierra Leona, donde se han producido grandes operaciones de adquisición o arrendamiento de tierras, con contratos que en algunos casos alcanzan los 50 o incluso los 99 años. A ello se añade la introducción de formas de explotación agrícola cada vez más capitalizadas y tecnificadas: maquinaria, sistemas de riego, semillas seleccionadas, fertilizantes, gestión científica de los cultivos y economías de escala permiten aumentar considerablemente la productividad por trabajador. Pero ese mismo proceso puede reducir la cantidad de trabajo necesaria para producir una determinada cantidad de alimentos y, cuando se combina con la concentración de la tierra, expulsa mano de obra de la agricultura tradicional y obliga a una parte de la población rural a buscar empleo en las ciudades o fuera del país. No es, por tanto, necesario que exista una expulsión física de los campesinos para que se produzca una transformación que termine generando población excedente respecto de las necesidades de la agricultura tradicional

Esta contradicción ayuda a comprender la dimensión de la emigración juvenil. El joven marroquí de hoy no vive en la sociedad rural cerrada de hace varias generaciones. Está más urbanizado, tiene mayor acceso a la educación, a internet y a la información y conoce perfectamente, aunque sea de manera imperfecta, las condiciones materiales existentes en Europa. Puede vivir en un país cuya economía crece rápidamente y, al mismo tiempo, encontrarse ante unas posibilidades laborales que no corresponden a las expectativas que ese crecimiento genera. El problema no es solamente la pobreza absoluta: es también la distancia entre las expectativas y la realidad laboral disponible.

Además, por si sola, a diferencia de riqueza sigue siendo enorme. En 2024 el PIB por habitante de Marruecos se situó en torno a los 4.000 dólares a precios corrientes, frente a más de 35.000 en España. Incluso cuando se corrige la comparación mediante la paridad de poder adquisitivo, la diferencia continúa siendo de varias veces. La comparación no significa que un español gane cinco u ocho veces más que un marroquí, pero sí muestra la enorme distancia existente entre ambas economías en productividad y capacidad material. Para un joven que vive a pocos kilómetros de Europa, esa diferencia adquiere un significado muy distinto del que puede tener para quien vive a miles de kilómetros de ella.

Por eso sería un error explicar la emigración exclusivamente como una huida del hambre. Puede ser también el resultado paradójico de una modernización que está creando riqueza, pero que no crea suficientes empleos productivos para una población joven en expansión. Y existe una cuestión de fondo que los simples datos de crecimiento del PIB no resuelven: quién controla el capital, quién controla el conocimiento y las nuevas tecnologías y cómo se distribuye entre la población el aumento de productividad. Y volvemos a lo mismo, la existencia de clases sociales, la propiedad privada y el reparto desigual de lo producido impide a la humanidad beneficiarse de su propio éxito como especie.

La experiencia europea de la segunda mitad del siglo XX en Europa no demuestra que todo aumento de productividad genere automáticamente empleo y bienestar generalizado en la actualidad. Demuestra que fue posible una combinación histórica muy particular de productividad creciente, empleo masivo, salarios crecientes (en relación con los artículos de consumo), consumo de masas y mecanismos de redistribución y protección social. Es difícil que esa combinación pueda reproducirse en los países que hoy se industrializan, precisamente porque lo hacen en una época en la que la tecnología permite aumentar la producción sin aumentar proporcionalmente el número de trabajadores; incluso en los servicios

Ésta puede ser una de las claves para comprender la presión migratoria que llega hasta las fronteras europeas. Marruecos no necesita estar hundiéndose económicamente para que miles de jóvenes quieran marcharse. Puede ocurrir exactamente lo contrario: que el país esté creciendo y transformándose mientras una parte considerable de su juventud descubre que el crecimiento económico no garantiza un lugar para ella dentro de la nueva estructura productiva. Y cuando al otro lado del Estrecho existe una economía cuyo PIB por habitante multiplica varias veces al propio y a la que se puede llegar desde Marruecos en unas pocas horas, la emigración aparece como una alternativa mucho más tangible que en otras regiones del mundo.

La cuestión, por tanto, no es únicamente cuánto crecerá Marruecos en los próximos años y si eso hará frenará su emigración. La cuestión decisiva es cuánto empleo generará ese crecimiento, quién se apropiará de los aumentos de productividad y qué capacidad tendrá el sistema económico y político marroquí para convertir la modernización tecnológica en oportunidades sociales para su población joven. Mientras la cuestión de la propiedad privada de los medios de producción permanezca sin resolver, la presión migratoria seguirá teniendo una explicación económica y social mucho más compleja que la simple pobreza en África.

¿En el resto de los países del norte de África se observa el mismo fenómeno que en Marruecos?

Según International Migrant Stock 2024 de Naciones Unidas las cifras de la inmigración del norte de África eran las siguientes:

Marruecos 3,63 millones

Túnez 715.000

Argelia 1,78 millones

Egipto 4,8 millones

Libia, Incluso hoy, es un país receptor de inmigrantes.

El porcentaje de la emigración de Marruecos destaca bastante. Incluso antes de la regularización de inmigrantes anunciada por el gobierno español en 2026. En concreto, en 2024 el 9,5% de la población marroquí vivía en el extranjero, Su distribución por país antes de la regularización española de 2026 era la siguiente: España: 1,09 millones; Francia: 1,07 millones; Italia: 473.000; Bélgica: 247.000; Países Bajos: 176.000; Alemania: 157.000

Es decir, solo España y Francia juntas concentraban casi 2,2 millones de emigrantes nacidos en Marruecos. Marruecos no sólo ejerce la presión migratoria actual; posee desde hace décadas una enorme comunidad instalada en Europa, que crea redes familiares, sociales y económicas que facilitan nuevas migraciones.

Argelia tiene unos 1,78 millones de emigrantes, pero aproximadamente 1,4 millones están en Francia según las estimaciones de Naciones Unidas. España aparece muy por detrás, con unos 83.000, e Italia con unos 22.000.

Por tanto, no podemos comparar la presión migratoria argelina hacia España con la marroquí sin tener en cuenta la historia colonial. La emigración argelina tiene una estructura profundamente vinculada a Francia.

Y esto se ve también en la población francesa. En 2024, Argelia era el principal país de nacimiento de la población extranjera nacida fuera de Francia, seguida por Marruecos.

Túnez tiene proporcionalmente menos emigrantes que Marruecos, pero más que Argelia: unos 715.000, aproximadamente el 5,8 % de su población. Su destino principal es Francia: ~444.000; Italia: ~118.000; Canadá: ~30.000; Bélgica: ~20.000. Túnez presenta un nivel de desarrollo socioeconómico algo superior al de Marruecos, aunque ambos se encuentran en una franja relativamente próxima. Su población tiene un nivel educativo más elevado y, durante la década posterior a 2011, experimentó una democratización mucho mayor. Sin embargo, Túnez mantiene un desempleo elevado, especialmente entre los jóvenes, y una importante emigración. Esto demuestra que la presión migratoria no desaparece simplemente cuando aumentan la educación, la renta o las libertades políticas: depende también de la capacidad de la estructura productiva para proporcionar empleos acordes con las expectativas de una población cada vez más formada.

Por tanto, también en Túnez existe una fuerte orientación hacia Europa occidental, aunque Italia tiene una importancia mucho mayor que en el caso argelino.

La emigración egipcia (país de 110 millones de habitantes) está orientada hacia los países árabes del Golfo y Oriente Próximo: Arabia Saudí: 1,50 millones; Emiratos Árabes Unidos: 842.000; Jordania: 768.000; Kuwait: 450.000; Estados Unidos: 263.000; Qatar: 193.000 Italia: 157.000; Omán: 85.000; Baréin: 85.000; Canadá: 80.000.

Y en cuanto a Libia, en tiempos de Gadafi, la inmigración de otros países era el 50% de su población autóctona. Su destrucción por la OTAN ha sumido a un país que caminaba en la abundancia, en una guerra Civil.

Con esos datos de la ONU no podemos afirmar que la mayor emigración marroquí a la argelina tiene su causa en que Marruecos tiene un PIB por habitante inferior al de Argelia, la diferencia de renta no es suficiente para explicar que la proporción de emigrantes sea distinta. La emigración depende también de factores demográficos, históricos, geográficos, redes migratorias, oportunidades laborales y diferencias salariales con los países de destino. Pero sobre todo la causa se encuentra en que Marruecos ha emprendido su industrialización en un momento en que el desarrollo técnico y científico es la grande que no le permite compensar con nuevos empleos los que se destruyen. Como ejemplo ilustrativo: es gas y petróleo argelino proporciona diez veces más empleo e ingresos que los fosfatos marroquíes.

Por su parte, el porcentaje de población emigrante es casi el doble en Marruecos que, en Túnez, y el triple que en Argelia y, sin embargo, tienen rentas per cápita diferentes, pero no escandalosamente diferentes.

¿Está el gobierno marroquí interesado en impulsar la emigración?

Más de una vez se ha recalcado que una parte considerable de los ingresos de Nepal provienen de las remesas de emigrantes distribuidos por India, Malasia, Arabia Saudí, Qatar, Estados Unidos, Australia, Japón. Nepal tiene unos 29,7 millones de habitantes y unos 2,64 millones de emigrantes, aproximadamente el 8,9% de su población.

Es decir, una proporción incluso menor que la de Marruecos, que cuyo porcentaje de emigrantes es el 9,5%

Nepal es uno de los grandes países del mundo dependientes de las remesas de sus emigrantes.

Si se afirma que la emigración constituye una pieza estructural del modelo económico de Nepal, ¿porque no se repite lo mismo en Marruecos?

Marruecos no tiene abiertamente una política de fomento de la emigración, pero sí una economía en la que la emigración se ha convertido en un componente importantísimo de su economía. Los marroquíes residentes en el extranjero aportan anualmente remesas equivalentes a alrededor del 8% del PIB, una magnitud extraordinaria que convierte a la diáspora en una fuente esencial de divisas. La emigración puede ser, por tanto, simultáneamente un problema social y una válvula económica para el país de origen.

Según el FMI, las remesas de trabajadores marroquíes en el extranjero fueron equivalentes al 7,3% de su PIB, en el año 2022; en 2023 al 8,3%; en 2024: 7,9%, en 2025, 2026 no hay cifras oficiales conocidas solo estimaciones.

En 2024, las remesas enviadas por los marroquíes residentes en el extranjero alcanzaron unos 12.500 millones de dólares, una cantidad equivalente a cerca del 8% de todo el PIB marroquí. Aunque estas transferencias no forman parte del PIB —el valor se generó en los países donde trabajan los emigrantes—, la comparación permite apreciar su extraordinaria importancia para la economía nacional: Marruecos recibe anualmente del trabajo de su diáspora una renta exterior equivalente a casi ocho de cada cien euros del producto generado dentro del país.

Y esto nos permite hacer una comparación llamativa: en la España del desarrollismo franquista las remesas de los emigrantes españoles llegaron a desempeñar una función parecida, aunque en una proporción mucho menor del PIB. En Marruecos, por tanto, la emigración no es simplemente una «pérdida de población»: también es un mecanismo de transferencia de renta desde las economías europeas hacia la economía marroquí.

Y aquí la comparación con la España franquista resulta lógica.

España no podía absorber toda su población activa durante el franquismo y Europa necesitaba trabajadores; Marruecos tampoco consigue absorber actualmente a toda su población joven y Europa sigue ofreciendo unos niveles salariales y de renta muy superiores.

La diferencia es que Marruecos recibe hoy un volumen de remesas proporcionalmente muchísimo mayor que el que recibía España durante su gran transformación económica. Y, sobre todo, que Europa no se desarrolla al ritmo que lo hizo en los años sesenta y setenta del siglo pasado, además que el efecto de la tecnificación también empuja hacia abajo la demanda de mano de obra en Europa; por lo que la presión a la baja de los salarios provocada por la emigración es mayor ahora que antes.

La emigración no sólo tiene una dimensión humana o demográfica; puede formar parte de la economía de un país emisor mediante las remesas, la reducción de la presión sobre su mercado laboral y el mantenimiento de vínculos económicos con las economías receptoras de emigrantes.

Es por tanto lógico que si Marruecos está inmersa en una industrialización cuyo alto nivel de tecnificación no le permite absorber toda la mano de obra disponible, especialmente joven, intente convertir ese excedente en fuente de extracción de divisas. De ello que por mucho que afirme el Gobierno de Pedro Sánchez, el gobierno de Marruecos no está en absoluto interesado en frenar la inmigración proveniente de Marruecos, ya sea legal o ilegal. Incluso, no se puede descartar que la reciente avalancha sobre Ceuta hubiera sido promovida por servicios secretos marroquíes. Pero lo que sí es seguro es que su Gobierno no tiene ningún interés en frenar su emigración.

¿Se puede frenar la inmigración ya sea legal o ilegal con control fronterizo y con medidas represivas o administrativas?

La gran mayoría de la emigración no se dirige hacia cualquier lugar impreciso, sino hacia aquellos territorios en los que el emigrante percibe posibilidades reales de encontrar trabajo, cubrir sus necesidades vitales, o mejorar sus condiciones de vida: el motor inmediato de la migración es, por tanto, la existencia de una demanda de mano de obra en lugares concretos. La pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades o las guerras en el país de origen constituyen condiciones que alimentan la oferta de personas dispuestas a emigrar, pero desempeñan un papel subordinado en relación con la existencia la demanda de mano de obra. El motor de la inmigración es la demanda de trabajadores. De no ser así, resultaría inexplicable que existan amplias zonas de España escasamente pobladas y que, al mismo tiempo, otras concentren inmigración. Donde no existe una posibilidad razonable de encontrar trabajo, la presión migratoria disminuye, aunque las condiciones de origen sean muy desfavorables (guerras, por ejemplo). Por eso, la inmigración no puede explicarse únicamente por las condiciones del país de origen ni puede eliminarse simplemente mediante el control de las fronteras: mientras exista una demanda de trabajadores dispuesta a absorber esa oferta de mano de obra en países de África, Latinoamérica y Asia, la corriente migratoria tenderá a reproducirse. Se puede dificultar, retrasar, restringir o reprimir, pero mientras subsista la demanda económica que la atrae, resulta imposible impedirla sino existen las condiciones socioeconómicas en el país de origen que hagan a la emigración una opción inviable.

Este factor económico coloca como causa principal de la inmigración a la demanda de mano de obra en los países de destino. No se olvide que durante el Boom inmobiliario hubo acuerdos del Gobierno Español con Ecuador, Colombia, Marruecos y diversos países Latinoamericanos para traer inmigrantes a España. Casi todos fueron empleados en la construcción y anexos. La causa es que la demanda de mano de obra en la construcción elevo extraordinariamente los salarios, y la emigración contribuyó a frenarlos.

Un argumento supremacista disfrazado de caritativo es que los inmigrantes vienen a cubrir aquellos trabajos que los españoles no quieren, eso es una falacia. ¿Como explicar entonces el hecho que durante los años del boom inmobiliario y altos salarios en la construcción -según el Banco de España-, hubo un 38% anual de jóvenes españoles que, antes de ser mayores de edad, abandonaron los estudios para trabajar en la construcción? Eso hecha por tierra el argumento que los españoles quieren trabajos de “cuello blanco”.

La idea de que los inmigrantes vienen a ocupar aquellos trabajos que los españoles no quieren realizar no es exclusiva de una determinada corriente política: aparece, con distintos matices, en discursos pequeñoburgueses del PSOE, Sumar, Podemos e Izquierda Unida, y ocasionalmente también en sectores del PP, además de repetirse con frecuencia en los medios de comunicación. Presentada como una explicación benevolente de la inmigración, contiene sin embargo una premisa farisea. Lo que ocurre es que los inmigrantes, -y especialmente si son ilegales- están peor pagados, y por tanto son preferidos para determinados trabajos por los empresarios. En realidad, lo que determina quién ocupa esos puestos es fundamentalmente la relación entre salarios, condiciones laborales y disponibilidad de trabajadores. Un empleo puede atraer a trabajadores españoles en la medida que un salario cubra sus necesidades, y a veces -como se ve últimamente sin cubrirlas- La inmigración no viene simplemente a «hacer lo que los españoles no quieren», sino que responde a una demanda concreta de trabajo, los salarios y a las condiciones en que esa demanda se satisface.

Hay otros trabajos, vedados a determinados inmigrantes, aunque se trate de trabajos poco cualificados. Por ejemplo, El convenio colectivo vigente de Mercadona establece una política de neutralidad que prohíbe en el trabajo «exhibir» símbolos que manifiesten convicciones religiosas, políticas o filosóficas. Por tanto, el hiyab musulmán visible no encaja con esa política cuando forma parte de la indumentaria laboral, pero que se sepa. no se ponen impedimentos a una cajera que luzca una cadena con un crucifijo de oro.

Según datos oficiales, los trabajadores extranjeros tienen un peso muy elevado en la hostelería: a finales de 2025 representaban aproximadamente el 28,8 % de los afiliados a la SS en hostelería. Un porcentaje que es casi el doble del peso de la inmigración en la población total española.

En la agricultura los inmigrantes a finales de 2025 eran el 26% de afiliados en el régimen General de la Seguridad Social, y en el sistema especial agrario un 36,9%, Unos 248.200 afiliados extranjeros en este segundo tipo de contratos eventuales Dentro de esos extranjeros del Sistema Especial Agrario, 105.415 eran marroquíes, 37.364 rumanos y 20.400 senegaleses. Por tanto, los marroquíes por sí solos constituían alrededor del 15-16 % de todos los trabajadores del Régimen Especial Agrario. Por supuesto todo eso sin incluir más del millón de solicitudes tramitadas para conseguir la residencia en 2026.

En La Construcción; según datos facilitados por la Seguridad Social de julio de 2026, el porcentaje de inmigrantes con respecto al total de trabajadores era el 26%, cuando su porcentaje en relación total ronda el 14%.

No toda la emigración responde a causas económicas.

La existencia de demanda de mano de obra explica una parte fundamental de las migraciones económicas, pero no todas las migraciones responden a ese mecanismo. Hay situaciones excepcionales en las que el emigrante —o, más propiamente, el refugiado— no se desplaza principalmente para mejorar sus condiciones económicas, sino para salvar la vida o escapar de la guerra y la persecución. La gran llegada de sirios a Europa en 2015 constituye un ejemplo paradigmático: cientos de miles de personas huyeron de la guerra y buscaron protección, aunque posteriormente los países receptores pudieran ofrecerles también posibilidades de empleo. Por ello, conviene distinguir entre la migración impulsada por la demanda de trabajo y los desplazamientos forzados, en los que la necesidad de abandonar el país de origen constituye el factor determinante.

¿Porque En China la inmigración es muy pequeña pese a tener un PIB muy superior a los países que la rodean?

La escasa inmigración irregular hacia China no se explica únicamente por la eficacia del control fronterizo, ni porque el Partido Comunista está al frente del País. Se explica también por una estructura económica que, durante su industrialización, ha dispuesto de una gigantesca reserva de mano de obra nacional. China puede cubrir buena parte de la demanda de trabajadores poco cualificados con sus propios trabajadores internos, que viven en zonas retrasadas en relación con otras extraordinariamente adelantadas. La inmigración extranjera queda concentrada en determinados nichos y regiones fronterizas; especialmente Birmania. Esto permite comprender una cuestión más general: la política migratoria no se resuelve únicamente con policía y fronteras; como sostiene el Frente Obrero, VOX y otros grupos fascistas. Y cada vez más el Partido Popular por motivo electorales.

En China, la demanda de mano de obra puede ser cubierta en gran medida por trabajadores procedentes de sus propias regiones menos desarrolladas, una posibilidad que no existe en Europa en la misma escala. Por eso, el mismo Gobierno que controla estrictamente la inmigración irregular se esfuerza en atraer personas con formación y facilitar el regreso de sus propios emigrantes que pueden aportar conocimientos. En la frontera con Birmania, sin embargo, la policía y, por otra parte, las autoridades económico-administrativas y las empresas privadas juegan, en cierto modo, al gato y al ratón. A pesar de que en China el soborno y la corrupción son considerados “crimen contra el Pueblo”, y su castigo implica a veces la pena de muerte.

Para que exista una inmigración importante tiene que existir también una posibilidad objetiva de encontrar trabajo. Un inmigrante puede entrar legal o ilegalmente, pero si al llegar no encuentra una demanda de su fuerza de trabajo que le permita subsistir, el incentivo para emigrar disminuye considerablemente. El caso de determinadas zonas agrícolas de España —como Alicante, Murcia o Almería— resulta ilustrativo: independientemente de la situación administrativa del trabajador, existe una demanda de mano de obra que hace posible su incorporación al mercado laboral, ya sea legal o ilegalmente. La cuestión que a menudo queda fuera del debate es precisamente ésta: la inmigración no depende solamente de quienes quieren entrar, sino también de quienes están dispuestos a emplearlos. Allí donde esa demanda desaparece o disminuye sustancialmente, también lo hace el incentivo migratorio.

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