Ceuta y Melilla: ni la geografía ni los siglos deciden por sus habitantes

En torno a Ceuta y Melilla se está produciendo estos días una curiosa competición de patriotismos. Desde determinados sectores se presenta la defensa de la españolidad de ambas ciudades como una cuestión que debería quedar resuelta apelando a la historia. Desde Marruecos se utiliza el argumento contrario: están situadas en territorio africano y, por tanto, deberían formar parte de Marruecos.
Ambos razonamientos tienen algo en común: pretenden resolver una cuestión política actual recurriendo a argumentos que, por sí solos, no pueden resolverla.
Ceuta y Melilla tienen actualmente una población conjunta de unos 170.000 habitantes: 83.595 habitantes Ceuta y 86.780 Melilla, según las cifras oficiales del padrón referidas al 1 de enero de 2025. Son, por tanto, dos sociedades concretas, habitadas por personas concretas, con una estructura económica, social y cultural determinada.
Y precisamente ahí debería comenzar cualquier discusión seria.
África no determina automáticamente la soberanía
El argumento de que Ceuta y Melilla son marroquíes porque están en África tiene una falta de credibilidad evidente: la geografía no establece por sí misma las fronteras políticas. Si así fuera, Canarias también podría ser marroquí, o quizás mauritana.
Europa y África están separadas geográficamente, pero los Estados no se distribuyen según continentes, ni por donde se ubica un territorio. La situación de un territorio es el resultado de procesos históricos, políticos, jurídicos y militares concretos. Hay decenas ejemplos contradictorios, Por citar solo algunos ejemplos: la Guyana francesa -con una extensión de más del doble que Cataluña- permite decir que Francia es frontera con Brasil. Córcega por proximidad y cultura podría ser un territorio italiano, sin embargo, forma parte de Francia. Incluso en el propio Puerto Rico hay dos movimientos socio-polco-cultural que defienden su reintegración en España como Comunidad autónoma. Irlanda de Norte forma parte del Reino Unido, y está situada en la isla irlandesa. Gibraltar está dentro de la península Ibérica, y forma parte del Reino Unido. O la misma Groenlandia no está situada en el continente europeo, y es parte de Dinamarca. Todo ello sin contar los numerosos otros enclaves que Francia, Gran Bretaña, EE. UU. y Holanda mantienen en el Caribe, y en el Pacifico Eso no significa que con frecuencia no surjan movimientos políticos que con justificación geográfica pretendan alterar las fronteras o los límites de un Estado.
Desde el punto de vista de los intereses de la clase obrera, el apoyo u oposición a estos movimientos independentistas, integracionistas, o lo contrario: segregacionistas depende del carácter de las clases sociales que se encuentran detrás de ellos.
Por tanto, decir que Ceuta y Melilla están en África es una constatación geográfica, no una demostración de soberanía marroquí.
La proximidad geográfica, la lengua, la cultura o la pertenencia histórica a una determinada entidad política pueden explicar la formación de una sociedad, pero no constituyen por sí solas un título automático de soberanía.
La geografía y la cultura ayudan a explicar la historia de un territorio, pero no sustituyen a la realidad política existente actualmente ni, llegado el caso, a la voluntad de sus habitantes.
Pero exactamente lo mismo ocurre con el argumento contrario.
Decir que Ceuta y Melilla son españolas desde hace siglo tampoco resuelve el problema.
La historia de ambas ciudades es bastante más compleja que el relato simplificado que suele utilizarse en los debates políticos.
Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415. La propia historia naval española recuerda la conquista portuguesa de Ceuta como el comienzo de la expansión portuguesa por África. Posteriormente cuando Portugal en 1640 se separó de la monarquía hispánica, las elites oligárquicas de Ceuta prefirieron permanecer dentro de la corona de Castilla.
Melilla fue ocupada en 1497 por una expedición dirigida por Pedro de Estopiñán al servicio del duque de Medina Sidonia; posteriormente quedó vinculada a la Corona de Castilla. La propia Ciudad Autónoma de Melilla conmemora actualmente aquella ocupación por tropas castellanas.
La España contemporánea, y el nombre de España tampoco puede proyectarse retrospectivamente sobre la realidad política de los siglos anteriores. La Monarquía Hispánica de los Austrias era una monarquía compuesta por diversos reinos y territorios que conservaban sus propias leyes, instituciones y formas de gobierno, aunque compartieran un mismo rey. La idea de España como realidad política ya estaba presente, especialmente desde los Reyes Católicos e incluso antes, pero fue durante el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones y los Decretos de Nueva Planta, cuando se produjo un proceso decisivo de centralización y homogeneización institucional de la Monarquía, inspirado en buena medida en el modelo de la monarquía francesa.
Hasta el siglo XVIII dependían de la monarquía hispánica también Nápoles y Sicilia, Antes de ser rey de España en 1759 Carlos III de Borbón fue rey de Nápoles y Sicilia. Además, Sicilia fue una aportación a la monarquía hispánica del reino de Aragón a la que pertenecía desde el año 1412. Todo eso antes de que existiera Italia como nación. Pero a nadie se le ocurría hoy decir que Nápoles y Sicilia son territorio español.
Incluso la primera constitución democrática española que fue la Constitución de Cádiz de 1812 habla de la nación española compuesta por los hoy estados latinoamericanos, las Filipinas, Baleares, Canarias y otros enclaves africanos. Todo eso en la misma época que Latinoamérica preparaba su independencia de España.
Antes de convertirse en el nombre inequívoco del Estado español contemporáneo, España tuvo varios significados. Podía designar geográficamente la Península Ibérica, podía referirse a una comunidad histórica y cultural y, durante la época de los Austrias, podía utilizarse también para designar la Monarquía de España. España podía utilizarse también en un sentido geográfico preciso, aunque no necesariamente político, de forma comparable —salvando las distancias— al uso actual de términos como Escandinavia, que designan un espacio geográfico e histórico compartido por varios Estados como Suecia, Noruega, y Dinamarca.
Por su parte Marruecos también existía como entidad política y como sultanato mucho antes de convertirse, en 1956, en el Estado soberano contemporáneo. España declaró la guerra en 1859 al sultanato de Marruecos, gobernado por el sultán Mohammed IV. ¿Contra quién fue la guerra de España contra Marruecos de 1859 si Marruecos no existía, como dicen algunos? Lo que no existía entonces era el Estado marroquí con las fronteras, instituciones y soberanía internacional que adquirió tras el final de los protectorados franceses y españoles firmados en 1912.
Es decir, cuando se afirma simplemente que «Ceuta y Melilla son españolas desde hace siglos», se está utilizando una expresión contemporánea para describir realidades políticas de hace cinco siglos que no eran las mismas que las actuales.
En aquellos momentos no existía el Estado nacional español en el sentido contemporáneo. Existían coronas, monarquías, señoríos y diferentes formas de soberanía.
La historia explica cómo hemos llegado hasta aquí, pero No constituye necesariamente una respuesta automática sobre cómo debe organizarse políticamente el presente.
Que Ceuta fuese «española» hace cuatrocientos o quinientos años no tiene exactamente el mismo significado político que ser española en 2026.
Eso no niega la continuidad histórica española de Ceuta. Lo que niega es que podamos utilizar la palabra «España» como si hubiese significado exactamente lo mismo en 1580, 1700, 1812 y 2026.
¿Qué son hoy Ceuta y Melilla?
Esta debería ser la pregunta más importante.
No son dos fortalezas abandonadas en el siglo XV. Son dos sociedades españolas contemporáneas.
Y además son sociedades extraordinariamente particulares.
En ellas conviven personas de distintas tradiciones culturales, religiosas y familiares. La nacionalidad española no está sujeta a la religión ni al origen familiar. Una persona puede ser española y musulmana; española y cristiana; española y atea; o pertenecer a una familia cuyos antepasados procedan del Magreb y considerarse plenamente española.
Este hecho es particularmente importante porque una parte del discurso político español tiende a presentar de forma implícita la españolidad y el cristianismo como si fueran categorías equivalentes. Pero no lo son, y donde más claro aparecen es en Ceuta y Melilla.
Según cifras oficiales, en las dos ciudades en su conjunto, la población de cultura y origen occidental representan algo menos del 49% de la población, la población de origen fundamentalmente musulmán son el 51%
En Ceuta, un estudio reciente sitúa aproximadamente en 57% la población de origen sociocultural occidental y en 42% en la de origen sociocultural musulmán, quedando un pequeño porcentaje de otras comunidades. Y estima que el 86% de los musulmanes de Ceuta tiene nacionalidad española.
En Melilla, el mismo tipo de estimación sitúa a la población musulmana en torno al 51,2%.
Para Ceuta, el informe de UCIDE con datos de 2023 contabilizaba 35.561 musulmanes, de los cuales 31.163 eran españoles y 4.938 extranjeros. Eso equivale a decir que el 87,4% de los musulmanes eran españoles y 12,6% extranjeros. La mayoría estos extranjeros de nacionalidad marroquí.
La existencia de una importante población musulmana española en Ceuta y Melilla constituye precisamente un ejemplo de que la nacionalidad no viene determinada por la religión.
Por eso tampoco parece razonable describir el problema actual de Ceuta como un enfrentamiento entre «españoles» y «musulmanes». Una parte de los musulmanes de Ceuta y Melilla son precisamente españoles y forman parte de la sociedad española desde hace generaciones.
En una ciudad de la extraordinaria diversidad cultural y religiosa de Ceuta, resulta difícil convertir el patriotismo en una simple variante de la «caza al moro». Sin embargo, organizaciones de extrema derecha y grupos como el Frente Obrero, y de manera más sutil Vox, han intentado explotar políticamente la llegada masiva de jóvenes procedentes de Marruecos de finales de julio, presentándola como una amenaza a la españolidad de la ciudad. El resultado ha sido, en algunos casos, el rechazo y los abucheos de parte de la propia población ceutí cuando estas organizaciones han acudido a la ciudad tratando de capitalizar el conflicto. No deja de ser significativo, que en Ceuta hay españoles cristianos, musulmanes, ateos y agnósticos, y la defensa de la españolidad de la ciudad no puede confundirse con la defensa de una identidad religiosa o étnica determinada.
Una sociedad que tampoco puede entenderse sin su estructura económica
Hay otra dimensión que suele quedar relegada por el ruido patriótico: la economía.
Ceuta y Melilla no son territorios industriales ni agrícolas. Su economía está extraordinariamente concentrada en los servicios y en actividades relacionadas con la Administración, el comercio, la frontera, el puerto, la construcción y el consumo.
Melilla constituye un caso extremo: alrededor del 91% de su PIB procede del sector servicios.
Y el peso del empleo público es igualmente excepcional.
Esto significa que detrás de las discusiones sobre identidad nacional existe una realidad material: hay personas que trabajan, empresas que venden, propietarios que acumulan patrimonio, funcionarios que reciben salarios públicos, trabajadores asalariados, comerciantes que importan mercancías y familias que viven en barrios con niveles de renta muy diferentes.
Esto dibuja una realidad bastante más compleja que la imagen de dos sociedades homogéneas movilizadas exclusivamente alrededor de la bandera.
Son sociedades con desigualdades internas importantes.
En Ceuta hay datos bastante claros que la respaldan. Pero hay que formularlo como segregación socioespacial asociada al origen sociocultural, pero no puede presentarse como un fraccionamiento absoluto entre «cristianos ricos / musulmanes pobres».
Pero la correspondencia en Ceuta, la correspondencia es bastante marcada: las zonas centrales y más acomodadas concentran mucha más población de origen sociocultural occidental, mientras que los barrios periféricos, especialmente El Príncipe, concentran una proporción muy elevada de población musulmana y presentan peores indicadores socioeconómicos. Un estudio académico describe precisamente un «clivaje social y religioso» entre el centro-oriente y la periferia occidental de la ciudad.
Y los datos de renta actuales son bastante contundentes. En 2022, según los datos del INE/Agencia Tributaria, la renta media anual de un hogar (no por persona) del distrito central rondaba los 65.000 €, frente a unos 25.000 € en El Príncipe. La renta mediana por persona actual también presenta una diferencia enorme: alrededor de 33.950 € en el centro frente a 9.540 € en el distrito 6, donde se encuentra El Príncipe.
En Melilla ocurre algo parecido: existe una concentración importante de población musulmana en los distritos periféricos y una asociación clara entre esos barrios y peores indicadores de pobreza y exclusión. Un estudio sobre la estructura residencial de la ciudad señala que alrededor del 80% de la población musulmana se concentra en tres distritos, y que el distrito V —donde está Cañada de Hidum— presenta una concentración musulmana extraordinariamente elevada y fuertes problemas de vulnerabilidad.
Porque si queremos comprender realmente qué intereses están en juego en Ceuta y Melilla, no basta con preguntar quién ondea una bandera. También debemos preguntar quién posee las empresas, quién controla el comercio, quién dispone de los empleos mejor remunerados, quién ocupa los puestos de la Administración y cómo se distribuye la renta. No se puede hablar de Ceuta prescindiendo de las clases sociales que compone la ciudad.
La cuestión nacional no debería ocultar la cuestión social
Es perfectamente legítimo defender que Ceuta y Melilla formen parte de España.
También es legítimo que Marruecos reivindique su soberanía sobre ellas.
Lo que resulta discutible es presentar cualquiera de las dos posiciones como una conclusión evidente que se desprende automáticamente de la geografía o de la historia.
Si la geografía fuera el criterio decisivo, habría que revisar muchas fronteras existentes en el mundo.
Si la soberanía histórica fuera un derecho permanente e inmutable, habría que aceptar que los territorios pertenecen eternamente a todos los Estados que alguna vez los gobernaron. La historia europea está llena de fronteras que han cambiado y de territorios que han pertenecido sucesivamente a diferentes Estados.
La historia, por tanto, debe ser conocida. Pero no debería convertirse en una especie de título de propiedad eterno.
¿Y qué quieren los habitantes de Ceuta y Melilla?
Aquí llegamos probablemente al punto más importante.
Si algún día la cuestión de la soberanía de estas ciudades se plantease políticamente de forma efectiva, habría que conocer la voluntad de quienes viven allí.
No sabemos de antemano cuál sería el resultado de una consulta semejante. Es razonable pensar que una parte mayoritaria de la población defendería su pertenencia a España sin casi clasificación de clase social; aunque no sea más que por el mayor nivel de vida por la superior protección social en España. Pero una afirmación de esa naturaleza debe demostrarse mediante encuestas o resultados políticos, no sustituirse por la seguridad de quien habla en nombre de todos.
Y precisamente por eso sería mucho más interesante conocer qué piensan los ceutíes y los melillenses en lugar de escuchar permanentemente lo que dicen Madrid y Rabat. Porque la población de Ceuta y Melilla no es un elemento decorativo de una disputa entre dos Estados.
Son los habitantes de esas ciudades quienes viven allí, trabajan allí, pagan impuestos allí, educan allí a sus hijos y construyen cotidianamente la sociedad que hoy existe, quienes tienen que decidir.
Por tanto, ni que «están en África» ni «llevan siglos siendo españolas» son argumentos suficientes.
El primer argumento confunde geografía con soberanía.
El segundo confunde la historia de antiguas coronas y monarquías con el concepto contemporáneo de nación.
Ambos pueden formar parte de una discusión histórica o jurídica, pero ninguno debería sustituir el análisis de la realidad actual.
Ceuta y Melilla son hoy sociedades españolas, pero también son sociedades fronterizas, multiculturales, desiguales y económicamente singulares. En ellas conviven distintas tradiciones culturales y religiosas bajo una misma ciudadanía española.
Por eso, antes de convertir la cuestión en una batalla de banderas, quizá convendría hacerse algunas preguntas menos solemnes y bastante más concretas:
¿Quién vive allí? ¿Cómo vive? ¿De qué vive? ¿Cómo se distribuye la riqueza? ¿Quién controla las principales actividades económicas? ¿Cómo se relacionan sus comunidades? Y, sobre todo, ¿qué quieren sus habitantes?
Si se quiere defender la españolidad de Ceuta y Melilla, probablemente haya argumentos mucho más sólidos que repetir que están allí «desde hace quinientos años».
Y si se quiere defender que pertenecen a Marruecos, decir que están geográficamente en África tampoco es un argumento sólido.
Las fronteras pertenecen a la historia. Pero las sociedades pertenecen al presente.