Opinar si eres pobre

Es difícil dar la opinión de uno, ya que todo viene tasado, escrito y preparado para que no puedas opinar, o porque no eres marxista, no eres catedrático, o supuestamente no tienes conocimiento de lo que dices. Y eso ya harta a cualquiera.
Los pobres, los humildes y los ignorantes tenemos derecho a dar nuestra opinión. Porque igual no sabremos teórica, pero sí sabemos lo que sufrimos cada día. Ese es nuestro punto de vista y no nos dejamos convencer por opiniones sesgadas e interesadas: los humildes solo tenemos un interés, que es vivir mejor.
Como todo el mundo habla de lo que sucede, las redes sociales, la televisión, los periódicos y las revistas están llenos de opiniones y de análisis sin tener en cuenta lo básico, lo elemental, lo empático.
Digan lo que digan, y a pesar de que se haya hablado mucho, qué poco se ha dicho de las personas que han dejado su vida en el mar. Y me dirán: «ya, eso ya lo cuenta todo el mundo». Sí, claro que lo cuentan, pero con la frialdad con la que se hace una suma o una resta. También te dirán: «todo el mundo lo sabe, huyen de…», y ahí, en ese «huyendo de…», es donde está la clave de todo. ¿Pero qué importan unos muertos sin cara ni nombre? Nada, solo se usan como armas arrojadizas. La empatía, la hermandad y la solidaridad que teníamos en nuestra juventud han quedado reducidas a un cliché viejo y gastado.
Me niego a hacer un análisis desde esos puntos de vista tan fríos y deshumanizados, donde lo único que parece importar es el poder, sea como sea que se consiga y sea quien sea quien lo ostente.
Ya el propio Engels, mucho antes de que se pusiera de moda el concepto moderno de «empatía», explicó que la verdadera conexión humana y la solidaridad no nacen de teorías abstractas ni de discursos académicos. Nacen del trabajo conjunto, de la necesidad de sobrevivir en grupo y de las vivencias compartidas bajo el mismo sufrimiento. La afinidad con el dolor ajeno no se aprende en la universidad; se vive en la calle y en el día a día.
No es fácil que quienes no tienen empatía por otros seres humanos y rechazan a los demás por su origen o color de piel que escuchen a los desarrapados a los pobres, aunque les convenga, y así lo hacen, sino defender si mirar para otro lado frente al lumpen proletariado, porque los pobres, los sin patria no tienen derecho a opinar libremente.
Yo no voy a decir ni a defender lo que digan unos y otros, los que se dicen progresivos y de izquierdas y los que pregonan su centralismo y moderación, siendo los primeros unos cobardes y los segundos unos fascistas y nadie me va a hacer pensar lo contrario, aunque mi opinión, lo veo cada día, no vale de nada, máxime cuando la gente cree que la extrema derecha los salvara.
En otra ocasión hablaré de aquello que el poeta Gabriel Celaya dijo en su poema España en marcha, uno de los poemas más célebres de la poesía social de la posguerra española, publicado en 1955 dentro de su libro Cantos íberos.
Por eso la clase trabajadora no es egoísta. Aunque pretendan que nos centremos solo en producir, el pueblo demuestra mil veces más empatía y solidaridad real que los que más tienen cuando ocurren verdaderas catástrofes. No necesitamos que nos teoricen el sufrimiento quienes no lo pisan.
Así que no me busquen para encumbrar a líderes teóricos ni a intelectuales de salón, sino a aquellos con un programa sencillo, humano y capaz de cumplirse.
LEE Y DIFUNDE LA UNIÓN DEL PUEBLO